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"La Venus Roja"

12 jul 2017
8 min de lectura

Actualizado: 28 ago

"La belleza de las jovencitas es inconsistente, si yo fuera hombre me enamoraría solo de una mujer marchitándose, pero con ojos ardientes"

Salvadora Medina Onrubia

Al presidente Hipólito Yrigoyen le tiemblan las manos; está por firmar el perdón de Simón Radowitzky, el reo que ha asesinado nada más y nada menos que a Ramón Falcón, el jefe de la Policía que ordenó la ejecución de los anarquistas en lo que se conoció como la Semana Roja.

Pero ¿qué es lo que lo ha llevado a tomar esa decisión? ¿Por qué está meditabundo frente a la orden que descansa sobre el escritorio? La razón es una mujer: pecadora por mujer y por «roja». Rojo su cabello ensortijado, rojo el carmín de sus labios, rojo el corazón asaltado por la pasión en cada acto; tan roja como anarquista y feminista. Por eso la llaman «La Venus Roja».

Salvadora Medina Onrubia ha desafiado todos los mandatos sociales. En un remoto pueblo de Entre Ríos ha sido protagonista de una historia de amor no correspondido: a los 16 años ha quedado embarazada de un abogado entrerriano que no puede blanquear la relación. Toma entonces la decisión de mudarse a Rosario, dejando atrás las malas lenguas que, pese a su ausencia, se encargarán de juzgarla. Ha juntado el coraje para ser una mujer independiente, cueste lo que cueste.

En Rosario comienza a escribir en el diario La Protesta, medio anarquista que la recibe por su condición de madre soltera y mujer inteligente. Se convierte así en la primera redactora femenina con un sueldo fijo de la historia. Allí se compromete con la causa y se integra a la lucha donde encuentra el lugar que tanto buscaba: un espacio donde se reivindica y respeta a la mujer. Luego, en 1914, desembarca en Buenos Aires con su valija, una carta de recomendación y su hijo «Pitón».

Cruza el despacho del presidente con el pelo rojo al viento, exhalando a su paso un dejo de valentía rara, como de una época que todavía no ha llegado. Exige la liberación del reo. Ella lo comprende desde su más recóndito ser: por luchador, por valiente, pero también porque Radowitzky ha sido torturado y violado por el director de la Penitenciaría de Ushuaia y tres guardias. Y ella, más que nadie, sabe de humillaciones. Hipólito Yrigoyen la mira y la admira; está seguro de que no tiene a su lado ni a un solo colaborador con el coraje con el que Salvadora se dirige a él. Exige la liberación y él firma, tal vez por temor, pero también por fascinación hacia esa mujer.

Con el mismo arrojo, una mañana de 1915 toca a la puerta de Natalio Botana, dueño del diario Crítica. Él le abre, la mira, sonríe y la deja pasar. Ya ha oído hablar de la Venus Roja, y esa misma tarde se enamora de ella. Ella, tan arrojada, atrevida e impulsiva, también cede a la pasión.

Luego llegarán tres hijos más con Botana: Helvio («Poroto»), Jaime («Tito») y Georgina («la China»). Su hija será la excusa para aceptar finalmente la propuesta de matrimonio de Botana, quien no se cansaba de pedírselo. Natalio la convence asegurándole que «los varones pueden romper con las convenciones y proclamarse hijos naturales, pero las mujeres no».

Ella reparte su día entre los mítines del partido, la redacción del diario, sus hijos y Natalio. Con su ayuda, el periódico se convierte en el más importante de la época, contando con colaboradores de la talla de Jorge Luis Borges, Roberto Arlt, Horacio Quiroga y su amiga Alfonsina Storni. Es un mar de contradicciones: llega a la redacción en su Rolls-Royce, pero a las 12 del mediodía deja su escritorio para cocinarles el almuerzo a los empleados. Vive en la mansión de «Los Granados», pero brega por los derechos de los trabajadores. No es casualidad que su obra teatral más famosa se titule Las Descentradas (1929). En ella cuenta la vida de las mujeres como ella: las que no encajan, las que se rebelan, las que no se callan y por eso sufren... el dulce dolor de ser lo que eligen.

Y es el dolor el que la acompañará por siempre. Aunque Natalio es el padre biológico de los tres hijos más chicos, el empresario prefiere a Pitón, a quien ha adoptado legalmente y le ha dado su propio nombre: Carlos Natalio Botana.

Pitón elige la compañía de su padre adoptivo, quizás porque desconoce el secreto o tal vez porque Botana lo malcría con lujos y caprichos. A los 17 años es un excéntrico playboy con dos autos y varios caballos a su disposición, algo que a Salvadora la enfurece. Una tarde de verano discuten en una de las habitaciones. Gritan y pelean; el joven no quiere dejar sus hábitos y se defiende increpando a su madre: «Seguro estás celosa porque mi padre me quiere más a mí que a vos». En un acto de furia irracional, Salvadora le confiesa la verdad: él no es hijo biológico de Botana.  


Estupefacto, el joven abandona la habitación. Sordo ya a los llantos y protestas de Salvadora, se acerca a sus hermanos más chicos, los abraza y sube a su cuarto. Allí busca en un cajón el revólver de colección que le ha regalado su padre y se dispara en la cabeza. Cae muerto en el acto. Cuando la madre corre tras el estruendo, ya es tarde: Pitón no respira. Será su hijo Poroto quien mejor ilustre aquel instante: «...aullidos horrorosos que jamás volví a escuchar, ni en las bestias ni en los seres humanos». Pocas horas después de enterarse del suicidio de Pitón, su novia también se quita la vida.

Ya nada volverá a ser como antes. Salvadora se distancias cada vez más de su marido: lo culpa por haberle regalado la pistola a su hijo, mientras se odia a sí misma por haber usado contra él su arma más letal: la palabra. No puede olvidar, no puede perdonar.  


En 1930, el general Uriburu encabeza el primer golpe de Estado del país y persigue a las voces disidentes. El diario Crítica es clausurado y Salvadora es recluida a 100 días de cárcel por anarquista, por rebelde y por mujer. Sus mejores amigos, entre ellos Jorge Luis Borges y Alfonsina Storni, escriben cartas al presidente de facto pidiendo clemencia. El general ordena un indulto para la periodista, pero ella, con el orgullo intacto que le queda tras haberlo perdido todo con la muerte de su hijo, lo rechaza. Lo hace mediante una carta que pasará a la historia como un testimonio de dignidad y rebeldía:  


General Uriburu: Acabo de enterarme del petitorio presentado al Gobierno Provisional pidiendo «magnanimidad» para mí. Agradezco a mis compañeros de letras su leal y humanitario gesto; reconozco el valor moral que han demostrado —en este momento de cobardía colectiva— al atreverse, por mi piedad, a desafiar sus tronantes iras de Júpiter doméstico. Pero no autorizo el piadoso pedido.«Magnanimidad» implica perdón a una «falta». Y yo, ni recuerdo faltas ni necesito magnanimidades. Señor General Uriburu: Yo sé sufrir. Sé sufrir con serenidad y con inteligencia. Y desde ya lo autorizo a que se ensañe conmigo si eso le hace sentirse más general y más presidente.Entre todas esas cosas defectuosas y subversivas en que yo creo, hay una que se llama Karma (no es un explosivo, es una ley cíclica). Esta creencia me hace ver el momento por el que pasa mi país como una cosa inevitable, fatal pero necesaria para despertar en los argentinos un sentido de moral cívica dormido en ellos.Y en cuanto a mi encierro: es una prueba espiritual más y no es la más dura de las que mi destino, una larga cadena, me ha depuesto. Soporto con todo mi valor la mayor injuria y la mayor vergüenza con que puede azotarse a una mujer pura, y me siento por ello como ennoblecida y dignificada. Soy en este momento como un símbolo de mi patria. Soy en mi carne la Argentina misma, y los pueblos no piden magnanimidades.En este innoble rincón donde su fantasía conspiradora me ha encerrado me siento más grande y más fuerte que usted, que desde la silla donde los grandes hombres gestaron la Nación, dedica sus heroicas energías de militar argentino a asolar hogares respetables e infamar a una mujer ante los ojos de sus hijos… y eso que tengo la vaga sospecha de que usted debió salir de algún hogar y debió también tener una madre.Pero yo sé bien que ante los verdaderos hombres y ante todos los seres dignos de mi país y del mundo —en este inverosímil asunto de los dos— el degradado y el envilecido es usted, y que usted, por enceguecido que esté, debe saber eso tan bien como yo. General Uriburu, guárdese sus magnanimidades junto a sus iras, y sienta cómo, desde este rincón de miseria, le cruzo la cara con todo mi desprecio.Salvadora Medina OnrubiaCárcel del Buen Pastor, 5 de julio de 1931

Finalmente es liberada y la familia se exilia en Uruguay. Allí se entrega a las adicciones: el alcohol, el éter y la melancolía.

En 1941, de regreso en la Argentina, Botana muere en un accidente automovilístico y Salvadora asume la dirección del diario. El país respira un nuevo aire: el peronismo ha llegado. Sin embargo, Eva Perón se convierte en enemiga de la escritora. A Salvadora le parece una injusticia el manejo discrecional de los medios y lo que considera la apropiación de la lucha feminista, al atribuirse el peronismo la conquista del voto femenino y relegar al olvido la gesta histórica de las sufragistas y anarquistas.

Salvadora no puede olvidar ni perdonar, pero ya no tiene el arrojo de su juventud. Le cuesta pelear; ha perdido su brillo en medio del dolor. Asediada por la estructura gubernamental, termina firmando la escritura de cesión de Crítica, sabiendo que con ello firma también su propia muerte simbólica. Ya no le queda nada: sus hijos se han distanciado, su marido no está, Pitón ha muerto y su imperio mediático queda reducido a un órgano propagandístico. Su cabello se destiñe a la par de su corazón.

Lo que sigue es más dolor, soledad y adicción. Es tiempo de rescatarla del olvido y sacarla de las sombras en las que quedó por no encajar, por su constante afirmación como mujer, por su militancia política, por su obra literaria, por sus errores y, sobre todo, por sus pasiones. La injusticia del tiempo hizo más famosas las musas desnudas del mural que los Botana encargaron al pintor David Alfaro Siqueiros que a Salvadora, la mujer sobre la cual se construyó la vida y obra de una de las familias más fascinantes de la Argentina.

Murió sola, a los 77 años. Dicen que entre sus pocas pertenencias aún conservaba el sombrero de su protegido, Simón Radowitzky, a quien vio una sola vez en la vida, pero a quien recordaría siempre como el origen de su amor por la lucha.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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